viernes, 26 de marzo de 2010

La Guerrilla en Cantabria: Juanín y Bedoya



Antonio Brevers

Juanín y Bedoya:

Los últimos guerrilleros

672 pags. Cloux Editores info@juaninybedoya.es

Se mueven entre el mito y la leyenda negra. Juanín y Bedoya, los últimos guerrilleros que resistieron al franquismo en los montes de Cantabria, fueron héroes populares entre el silencio de la represión. Un libro clarifica su historia.

Antonio Brevers nos sorprende con un impresionante libro sobre la suerte que corrieron Juanín y Bedoya "Juanín y Bedoya. Los últimos guerrilleros". Impresionante no solo por su volumen, sino por el contenido insuperable que lo hace indiscutiblemente, el libro de referencia en Cantabria como conocimiento de la vida guerrillera de estos dos míticos resistentes. Ameno y envolvente, 672 páginas muy bien noveladas, siempre basadas en fuentes rigurosamente contrastadas que te dejan con ganas de una 2ª parte.

JESÚS RUIZ MANTILLA 18/05/2008 - Los niños de todas las comarcas que circundan el recóndito y hermoso valle de Liébana, en Cantabria, han jugado desde hace décadas a Juanín y Bedoya. Se mofaban de los cercos que les tendían los supuestos guardias, y quedaban para el arrastre después de un pillo que te pillo en los bosques y los prados donde correteaban tiroteándose de mentira. Pero la bárbara resistencia de estos dos guerrilleros que se echaron al monte para luchar contra el franquismo –los últimos en la Península– fue de todo menos una broma.


A Juan Fernández Ayala "Juanín", la vida le dio cuatro cosas: un instinto casi animal para la supervivencia, su proverbial tozudez, el idealismo de los irredentos y muchos palos. En cambio, a Francisco Bedoya Gutiérrez le tocaron en gracia otros atributos: un corpachón de gigante homérico, un corazón sensible, una habilidad extrema para tallar juguetes de madera y algunos palos más que a su compañero Juanín.


El destino tuvo la mala idea de unirles para echarse al monte en plena dictadura. Su vida como fugitivos fue tan grandiosa que al convertirse España en un país normal acabaron colgándose la medalla de las leyendas. Pero llevaban también encima muchas manchas, muchos interrogantes sin resolver. La sombra que más ha ensuciado su aventura ha quedado ahora despejada.

Hasta la fecha, muchos fueron los que creyeron la historia oficial: que Juanín acabó acribillado en una cuneta por disparos de Bedoya. Por la espalda. Incluso la familia Fernández Ayala llegó a sostenerlo tras la muerte de Franco. Pero la jugarreta de la traición ha quedado enterrada gracias a un libro que reconstruye la vida de ambos: Juanín y Bedoya. Los últimos guerrilleros (Cloux Editores), de Antonio Brevers.

Tirando del hilo durante ocho años de su vida, Brevers ha despejado muchos interrogantes. De paso, este psicólogo metido a escritor, que era de los niños que mataban las horas con el juego de los guerrilleros en Torrelavega, ha ejercido toda una justicia histórica: “Quería que el libro tuviera una dignidad, incluso en su formato, con tapa dura. Son personas que han sufrido mucho, familias que han vivido la vergüenza como norma. Que ahora se reivindique la figura de ambos y su historia como una de las atrocidades del franquismo es muy importante para todos ellos”.

El interés por esta tragedia, que ha ido acrecentando su mito en la memoria popular, ha saltado de inmediato. El libro, sólo en Cantabria, ha vendido 10.000 ejemplares en su 1ª edición. Allí se ha editado con la colaboración del gobierno regional, pero ahora se está distribuyendo por toda España. La gente desea saber. Desde los familiares de los guerrilleros hasta quienes sufrieron sus secuestros o atracos por supervivencia. Desde los vecinos próximos hasta los niños que crecieron viendo cómo a sus mayores se les metía en el cuartel y se les zurraba por la mera sospecha de que les hubiesen proporcionado comida.

Pero la necesidad más justificada de indagar en los hechos es, para Antonio Brevers, la de Ismael Gómez San Honorio, Maelín, el hijo de Francisco Bedoya, con quien el fugitivo no logró volver a unirse en vida nunca más desde que se echó al monte. La historia de Maelín es de las que de por sí merecen ya un libro. Cuando éste era un niño, en Argentina, encontró una caja que guardaba el secreto que su madre le ocultó: la identidad de su verdadero padre. Descubrir ese secreto le cambió la vida.

Ismael llegó a visitarle en la cárcel cuando era muy pequeño, pero tenía un recuerdo demasiado borroso de aquel hombre que le regaló un camión de madera tallado por él. El futuro de su padre era demasiado incierto como para que su abuela no decidiera embarcar al niño hacia Argentina junto a su madre, Mercedes San Honorio Pérez, Leles. Ella había rehecho su vida en América.

Todo el pequeño pasado de Maelín quedó también extirpado hasta que descubrió aquel cofre. En él, Leles guardaba las cartas de Paco Bedoya desde la cárcel, escritas antes de echarse al monte, y un recorte de prensa en el que se contaba su caída. Ese mismo cofre con los secretos le fue entregado a Brevers para que escribiera su libro. Pero la historia comienza antes. Con Juanín...

Cuando Franco ganó la guerra, a los derrotados les cabían tres opciones: aguantar y agachar la cabeza, huir al extranjero o liarse para resistir en el monte. Juan Fernández Ayala nunca fue de buen conformar. Más si, además, junto a la desesperación de ver cómo su país se pondría bajo las botas de los vencedores, tenía que aguantar palizas a diestro y siniestro. Así que decidió resistir. Atrás habían quedado los tiempos más dulces, pocos, como recuerda en un testimonio del libro Virginia Sierra, que le conoció: “Corrían malos tiempos y no teníamos prácticamente nada. Las muñecas eran de trapo, y las pelotas, de corteza de abedul. Pero éramos felices”. La guerra, en la que él combatió junto a los republicanos, lo echó todo a perder. Pero aún más dura fue la derrota, la represión que llegó de sopetón.

Juanín cumplió cárcel, fue uno más de los prisioneros que abarrotaban la plaza de toros de Santander o la prisión improvisada de Tabacalera. Pocos hubiesen dicho entonces que años después iba a volver loca a la Guardia Civil, a los servicios secretos y a los jerifaltes del régimen. Al salir, en 1942, fue incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos, y meses después había decidido enrolarse en la Brigada Machado, la desperdigada por los Picos de Europa.

Mientras Juanín iba marcándose de cicatrices, nada apuntaba a que Paco Bedoya acabaría como él. Era más joven que Juanín, ni siquiera había combatido en la guerra por la sencilla razón de que entonces no era más que un niño. Había nacido en Serdio el 26 de mayo de 1929. Iba para carpintero, aunque tenía más bien dotes de ebanista. Eso, unido a que cantaba como un Caruso, daba prueba de que bajo su corpachón se escondía un alma sensible.

A Juanín le conoció Bedoya de casualidad. Cuando se presentó un día en su casa para recabar apoyos. Tampoco era raro verle de medio incógnito por el pueblo, y el líder guerrillero acabó fijándose en el chico. Estaba hecho un lío, sin saber qué hacer con la que se le venía encima personalmente. Había tenido un hijo con su novia, Leles, y debía espabilar.

En la figura de Juanín, Bedoya encontró a un padre. Congeniaron pronto. Al más joven le hacían gracia las imitaciones que improvisaba Juanín, y a éste le caía bien el aspirante a estrella de la canción. Soñar ha sido siempre gratis, y Bedoya no se perdía jamás la emisión por radio de Fiesta en el aire, el Operación triunfo de la época, que escuchaba con los amigos por el aparato Telefunken de la taberna de Alfredo.

Mientras España escapaba de ese presente mísero como podía, los guerrilleros de los Picos de Europa andaban a otras cosas. Su dilema era matar a Franco o no matarle. El caudillo se paseaba por la zona a menudo para pescar a poder ser el campanu, como se conoce al primer salmón de la temporada. Varios querían dar el golpe, pero entre los que se opusieron estaba Juanín. Para él, cometer el atentado poco cambiaría las cosas. Los suyos, sin embargo, lo pagarían como ratas. Entre tanto, los guardias aplicaban con celo varias detenciones preventivas e interrogatorios contra todos aquellos que no se sabe muy bien a qué se dedicaban por la comarca. En una de esas inspecciones, llevadas a cabo para que no hubiese problemas con el dictador, alguien delató a Bedoya. Estaba claro que el chico tenía contactos con la guerrilla y lo pagó.

Personalmente, aquello fue la gota que colmó el vaso a ojos de la familia de su novia. No les costó mucho convencerla para que se fuera a Argentina. El niño se quedaría con su abuela materna, pero poco después le enviaron allá. Bedoya, que era un tipo callado y taciturno, mataba el tiempo en la cárcel tallando juguetes de madera para Maelín y escribiendo a Leles. También leía. De todo menos novelas de Lafuente Estefanía y El Coyote. “¡Para leer eso, mejor sería que leyeseis el catecismo, mecagüen!”, escuchó él mismo decir a Juanín tantas veces.

Corría ya el año 1952 y Bedoya seguía en la cárcel. Le habían denegado alguna rebaja y empezaba a desesperarse. Pero hubo otro suceso que le afectó aún más. Le llegaron noticias de que su casa familiar había sido arrasada por las llamas con todo el ganado en el interior. Eso precipitó su fuga. Era el mayor desastre para los suyos.

El cerco se estrechaba. Las detenciones de familiares como anzuelo para la rendición eran la norma. Así que la madre y una hermana de Juanín, Avelina, acabaron entre rejas. “En lugar de que aquella medida le convenciera para mandarlo todo al traste, el guerrillero decidió quedarse e ir a por todas; era la única forma que tenía de proteger a su familia”, según Brevers. Fue entonces cuando comenzó la leyenda de Juanín y Bedoya como pareja. Cuando tuvo que organizarse un cerco que fue de los más impresionantes del franquismo: “Existía un subsector específico que comprendía Asturias, León, Cantabria, Palencia y Burgos, con un coronel al mando”, comenta Brevers. Aun así, costó cazarles.

La vida en el monte fue dura. Construían refugios en varios lugares, aunque se perdían principalmente en Monte Corona. “Los chamizos estaban construidos con papel brea, una especie de tela asfáltica. Todo parecía ordenado, saneado, con sistemas de drenaje. Se convirtieron en auténticos ingenieros”, asegura el autor del libro.

¿Y quién pagaba todo aquello? Los robos, los secuestros, los rescates… Bajaban a los pueblos y recaudaban con quienes sabían que no iban a tener muchos problemas económicos. Eran una especie de mezcla entre Robin Hood y el bandido Fendetestas, el personaje de El bosque animado, incapaz de hacer daño. De aquí cogían unos panes y unos chorizos, de las tiendas; un pedido con comida para unos días. Disparaban si se veían acosados. Y se vieron, pero 14 veces burlaron el cerco. “Incluso invitaban a los guardias de incógnito a café y les dejaban una nota”. Descaradas, como ésta. “Yo, Juanín, tengo el honor de invitar a café al capitán de la Guardia Civil de Potes, y que le aproveche, como a los pajaritos los perdigones”. Se les tenía respeto, admiración y miedo entre los guardias. “Cuando subían a vigilar por el monte iban fumando o silbando para que se dieran por aludidos y no les hicieran nada”, dice Antonio Brevers.

Pero tanto tiempo haciéndole jugarretas al destino no podía durar mucho. La prensa internacional se hacía eco de sus hazañas, y se negoció incluso, por medio de don Desiderio, párroco de la zona, la salida de Juanín a Francia. Finalmente, el cura no se fió de las autoridades. Sabía que le matarían, como ocurrió después. Fue fortuitamente, durante una guardia. Uno de los vigilantes vio moverse algo, disparó y alcanzó al guerrillero. “No supo ni que había matado a Juanín, se dio cuenta más tarde”, comenta el autor. Bedoya iba detrás, pero no hizo nada, aunque todo se reconstruyera después para alimentar una mentira oficial que Brevers desmonta ahora.

Su compañero no tardó en caer. Fue siete meses después, en diciembre de 1957, tras una vida furtiva que duró, junto a Juanín, cinco años. Le emboscaron en la carretera cercana a Castro Urdiales, cuando escapaba a Francia, se supone. Un soplo propició su captura, y acabó tiroteado, como su amigo del alma, al borde de un arcén.
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Antonio Brevers: "Con Juanín y Bedoya es cierto que la realidad supera ampliamente la ficción"
Antonio Brevers saca al mercado la segunda edición del libro sobre los dos célebres 'maquis' Hoy se cumplen cincuenta años de la muerte de Bedoya, tras ser interceptado en Castro Urdiales.

ELENA TRESGALLO - 02.12.07 - Hoy, 2 de diciembre de 2007, se cumplen cincuenta años de la muerte del mítico guerrillero Bedoya. Este aniversario coincide en el tiempo con la salida al mercado de la segunda edición del libro 'Juanín y Bedoya, los últimos guerrilleros', escrito por un autor novel, Antonio Brevers y prologado por el cineasta torrelaveguense, Manuel Gutiérrez Aragón. El éxito de la primera edición, cuyos 3.000 ejemplares se vendieron en tan solo tres meses ha animado a la ampliación de una segunda tirada, también de 3.000 ejemplares que se comercializan en librerías de toda España. Con este libro, su autor propone un interesante viaje al pasado a través de la visión de sus protagonistas y testigos directos del momento y la vida de los dos 'maquis', en uno y otro bando.
- Es su primer libro. ¿Porqué eligió a dos personajes como Juanín y Bedoya?
- Siempre tuve mucho interés por este tema. Me fui introduciendo, poco a poco, con alguna excursión a las zonas donde estuvieron. Preguntabas y te ibas acercando a los testigos con la grabadora y la cámara de fotos. Lo hacía porque me gustaba y me daba pena que se perdiesen tantos datos.
- ¿En ese tiempo hizo acopio de mucha documentación?
Es un poco como una bola de nieve, porque comienzas a visitar archivos judiciales y policiales. Luego tiras del hilo y, así reúnes cientos de horas de grabación en entrevistas personales a testigos, confidentes, enlaces, miembros de la Guardia Civil y familiares de víctimas y guerrilleros. Mas tarde, conoces gente que también investiga. Así conocí a Alfonso Domingo, escritor y productor de documentales, con el que he colaborado cómo guionista y que me animó a escribir el libro.
- Usted es psicólogo, ¿Cómo se mete uno en esto de escribir un libro de historia?
- Todo fue por buscar el mito o la leyenda. Por descubrir si lo que llega a tus oídos es lo que realmente pasó. Con Juanín y Bedoya descubrí que la realidad supera ampliamente la ficción.
- ¿Para bien o para mal?
- Yo tenía la idea de que se les había exaltado o magnificado. Pero, al final, te das cuenta que su vida fue mas dura y audaz de lo que nos ha llegado a través de la leyenda. Me interesó mucho el factor humano, tanto el de ellos como el de sus víctimas y perseguidores. Hice grandes descubrimientos. A mí me llegó por la gente que Bedoya era un personaje un poco cruel y sanguinario, de gran fortaleza física. Sin embargo, luego descubres que era una persona sensible y capaz intelectualmente y, eso, me ha parecido importante ponerlo de manifiesto.
- ¿De los personajes que has entrevistado, cuál es el que más te ha impresionado?
- Me impresionó mucho, el capitán de la Guardia Civil, Fidel Fernández Íñiguez, que fue la persona que encontró a Bedoya herido.
- ¿Como planteó estructurar la historia de los dos guerrilleros, entre tanta documentación?
- Al principio me encontré con el problema de que tenia que meter en el libro gran cantidad de datos, nombres, fotografías y fechas. Esto era un poco difícil, porque había que hacerlo legible. Lo que hice fue utilizar el recurso de la novela narrativa, aunque el contenido es totalmente veraz y esta escrito de una forma que no es nada localista. Es un libro de historia de España, solo que la historia transcurre en Cantabria.
- ¿Hay novedades en esta segunda edición?
- Han salido otros 3.000 ejemplares a la venta que se están distribuyendo en librerías de toda España y, a través de página web www.juaninybedoya.es En cuanto a contenidos, esta segunda edición cuenta con fotografías nuevas que, en un principio, no se incluyeron. Son testimonios gráficos de mucha crudeza, pero vale la pena incorporarlos. Además el libro recoge testimonios de guerrilleros y miembros de la policía y la Guardia Civil que están sin alterar ni manipular. He querido ser un notario de cómo lo vivieron, para que el lector se haga su propia composición de lugar.
- Bedoya murió tal día como hoy, hace cincuenta años. ¿Como lo hizo?
- Hoy se cumple el 50 aniversario de la muerte de Bedoya. Su compañero Juanín murió el 24 de abril de 1957, sólo unos meses antes. En el caso de Bedoya su motocicleta fue interceptada por la Guardia Civil, la noche anterior a su muerte. Herido de bala consiguió ocultarse en un monte cercano a Castro Urdiales. Al día siguiente, en un intercambio de disparos, fallece.
- ¿Es un libro para los dos bandos?
- Si es un libro para los dos bandos. Estoy recibiendo comentarios positivos de personas que estuvieron en un bando y otro.
- ¿Que es lo que más le ha agradó al escribir el libro?
- La confianza de la gente a la que he entrevistado. Me han regalado objetos y fotografías y me han abierto su casa y su vida. A pesar del delicado tema que se trataba, en la mayoría de los casos, sin conocerte de nada, te abrían la puerta, te metían en el salón o en la cocina y, en poco minutos, te hablaban de temas que no habían sacado en años ni a su propia familia, porque se tenía mucho miedo. Quiero destacar aquí esa bondad de la gente que me he encontrado.
- ¿En su búsqueda de la historia ha encontrado muchos personajes y héroes ocultos?
- Tengo mucho material de Juanín Bedoya, pero junto a ellos han ido apareciendo documentos de otros guerrilleros, cómo Martín Santos que aún vive. Son verdaderos personajes en la sombra que, a lo mejor, tuvieron tanto protagonismo como ellos, lo que pasa es que ambos permanecieron 14 años en el monte.

En la Curva del Molino
24 de abril de 1957, sobre las 18,30 horas, en el cuartel situado a la entrada de Vega de Liébana, la pareja de la Guardia Civil, formada por el cabo Leopoldo Rollán Arenales y el número Ángel Agüeros Rodríguez, se dispone ha realizar su servicio. Una contramarcha que consistiría en ir a Valcayo, luego a Soberao y regresar a la Vega de Liébana. De retén en el acuartelamiento queda tan solo un guardia

Agazapados en algún lugar del monte de Señas, Juanín y Bedoya observan con sus prismáticos los movimientos de la Guardia Civil. La excepcional panorámica que se divisa desde allí, permite seguir sus pasos desde el mismísimo cuartel y gran parte del camino. Los miembros de la Benemérita avanzan con sus capas por el camino en dirección a Valcayo.

Juanín y Bedoya, después de haber visto pasar a la pareja, comienzan a descender por el camino de Señas, su intención llegar hasta el cementerio y esconderse allí para cruzar después la carretera. Dos enormes royas de castaño situadas poco antes de enlazar el camino de Señas con la carretera servirían de parapeto para cubrir el paso.

Son casi las 21 horas, está oscureciendo y el viento barrunta lluvia. Fernández Ayala, junto a Bedoya han permanecido ocultos tras el muro del cementerio esperando el momento de cruzar en dirección al molino. Juanín se adelanta. En su mano derecha porta la pistola y en la izquierda una vara de avellano. Una vez ha pisado la carretera, mira de forma insistente en dirección a Vega de Liébana para asegurarse no ser visto. Sin embargo aparece a su espalda el cabo Rollán, la noche y el viento han camuflado su presencia. Agüeros le sigue reglamentariamente a unos metros en el lado opuesto de la carretera.

¡Alto a la Guardia Civil!. Juanín, comienza a correr en zigzag en dirección a la Vega. Rollán dispara una ráfaga en abanico, una de las balas le siega la yugular, dos más se incrustan el el cuerpo de Fernández Ayala. Es probable que Juanín intentase defenderse con su nueve largo, llegando a realizar algún disparo. Mientras tanto, Bedoya parapetado tras los maderos, dispara con su pistola. Después emprende la huida monte arriba. Unos minutos mas tarde aun hará unos disparos al aire con la esperanza de obtener respuesta de su compañero.

Rollán permanecerá junto al cuerpo aun sin identificar, mientras Agüeros acude en busca de refuerzo. Este regresa junto a la brigadilla, siendo uno de sus miembros quien reconoce finalmente al fallecido, efectuando dos tiros a quemarropa sobre su rostro. Este incidente fue observado también por algún vecino de La Vega, que fue requerido para acompañar a los guardias.

En el momento de su muerte llevaba puesto dos camisas y dos pantalones, 8.500 pesetas, un bloc de notas con apuntes, un preservativo, dos cajas de tabaco, 6 aspirinas y una fotografía de su hermana Avelina. Además de la metralleta y la pistola una bomba de mano y unos prismáticos completaban su equipamiento

El cadáver del emboscado permanecería toda la noche en la carretera. Por la mañana fue expuesto apoyado contra un muro. Posteriormente envuelto en unos sacos y trasladado en Land Rover al cementerio de Potes, donde su cuerpo fue nuevamente exhibido ante multitud de curiosos venidos de todos los rincones de la Región. Posteriormente sería enterrado tras el deposito del cementerio, donde estaba el lugar destinado a la fosa común. En un principio se le pretendió enterrar sin ataúd, pero gracias al un vecino de Potes, Martín Almirante, en cuya casa había trabajado la madre de Fernández Ayala, se pudo realizar el sepelio con un mínimo de dignidad para el fallecido y sus familiares.

Juanín yacía muerto. Mientras, su hermana María que sufría destierro, daba a luz un varón. Bautizado como no podía ser de otra manera, con el nombre de JUAN.


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