viernes, 26 de marzo de 2010

La Guerrilla en Sierra Norte (Sevilla)

Alberto Bru

Entrevistas de Eduardo Pons Prades

(Testimonios orales en la zona de Sevilla, 1975)

En la capital bética ocurrieron sucesos como los que se narran a continuación que ocurrieron durante las primeras jornadas de la sublevación militar y de la represión que iba emparejada a ella como su propia sombra y dan idea de cómo llegaron los acontecimientos y las personas a unos niveles que sería mejor no tener que relatarlos, pero si queremos ser fieles con la Historia.

SECTOR SIERRA NORTE

La Sierra Norte, actualmente un Parque Natural, es una comarca que ha dado mucho que hablar a los historiadores. Desde su contribución a la conquista de América, a la que ofrecieron a las guerrillas contra las tropas de Napoleón; de la vida en recónditas cuevas, a la salida al mundo de sus pobladores del siglo XX en busca de mejor fortuna.

Cartujos, guerrilleros, viajeros románticos ingleses y plantadores de eucaliptos; buscadores de oro y plata, biólogos rastreando nuevas especies... En realidad, quizás las cosas no hayan cambiado tanto. La Corte de Felipe V se trasladó a estas tierras buscando alivio a la melancolía del rey.

"Felipillo"... y el Inspector Rebollo

No citaremos más que el ejemplo de un muchacho de 19 años que se escondió, después de los combates de los primeros días en el barrio de Triana, antes de echarse al monte. Se trataba de Felipe del Casar Galán “Felipillo”, que fue secretario de la Federación Local de las Juventudes Libertarias de Sevilla. Al ir a detenerlo a él y no encontrarlo se llevaron a su padre. Lo torturaron de tal manera que, al llegar esto a oídos de "Felipillo", el hijo bajó de la Sierra y fue a entregarse a mediados de agosto de 1936.

Entonces el Inspector Rebollo -el mismo que había interrogado al padre- la emprendió a golpes con él. Así, cuando “Felipillo” fue conducido al lugar del fusilamiento lo tuvieron que llevar sentado en una silla, pues tenia tas piernas rotas de los golpes recibidos. Lo mataron junto con otros cuatro jóvenes libertarios: los hermanos “Cerilleros”. A la familia se le negó el derecho a recuperar su cadáver. ( Este testimonio ha sido recabado de su hermana Julia.)

En la plaza de Alanís -la que cruza la carretera de Llerena a Constantina- hay cuatro o cinco bares. En uno de ellos organicé la tertulia acostumbrada, que allí fue, como se dice, de padre y muy señor mío. Ese día -aquella tarde- creí que íbamos a parar todos al cuartelillo de la Guardia Civil.'

Los Perros de los Cortijeros y las Contrapartidas

Quedó claro que, por estos contornos, a quienes no podían ver ni en pintura era a los de las Contrapartidas y a los que colaboraban con ellas. Me contaron lo de los perros de los cortijeros, que nunca ladraban a los guerrilleros -éstos iban siempre provistos de azucarillos para los canes- y si, en cambio a la Guardia Civil y a los de las Contrapartidas. Resultado: los falsos guerrilleros no dejaron un perro de cortijero vivo. Les pegaban un tiro o los colgaban de los árboles. Los de las Contrapartidas -según la opinión unánime de la tertulia cafeteril- camparon a sus anchas e hicieron cuanto les vino en gana. desde exterminar a los perros de los cortijos hasta secuestrar a personas bien aposentadas, incluso de derechas.

En una finca golpearon al cortijero y a sus hijos -era el suegro de uno que estaba a mi lado, en el café- y le dijeron que al día siguiente querían ver a todos sus perros colgados de las encinas. El cortijero. preso de pánico, sacó a la familia de allí y entregó las llaves de la finca a la dueña, explicándole lo ocurrido. La señora fue a ver al sargento de la Guardia Civil, pero éste no quiso saber nada de aquel asunto, ya que “escapaba a su jurisdicción, pues las Contrapartidas dependían de la Superioridad». Sólo ante la amenaza de la dueña de la finca "de hacer intervenir a gente amiga de Madrid, influyente en los medios oficiales", el sargento cedió, prometiéndole que nunca más irían por la finca a molestar a nadie. Pero las cosas siguieron igual, porque las Contrapartidas seguían merodeando por allí como en terreno conquistado.

El teniente "buena persona"

Hasta que llegó un teniente -"que era una excelente persona", subrayó otro cliente del bar- y empezó por devolver las escopetas a los cortijeros, entre ellos al yerno del cortijero vapuleado.
Aquí -me dijeron- los republicanos no mataron a ningún rico. Los tenían encerrados en la iglesia y los defendieron varias veces cuando vinieron los de Azuaga a llevárselos. Y también plantaron cara a los de Constantina, que venían con la intención de fusilarlos. Más tarde -me señalan-, cuando llegaron "los otros", y pese a que los izquierdistas más destacados se habían replegado con las fuerzas republicanas, fusilaron a unas 40 personas. Es muy significativa la animosidad que todavía se siente hoy hacia los vencedores de la guerra civil, y en particular hacia las Fuerzas represivas locales.

Al día siguiente, a las ocho de la mañana, en el mismo café -citado por el dueño del establecimiento, que me propuso esta entrevista de motu proprio- pude escuchar a un zapatero llamado Joaquín Benítez "el Botijo", un personaje muy pintoresco, conocedor de infinidad de leyendas, poeta rural, como él se titula, y que me contó de pé a pá lo que pasó por allí en tiempos de la Guerrilla. Según él, las gentes ayudaron tanto a los guerrilleros debido a la tremenda represión sufrida durante la guerra civil. "Las injusticias y el refinamiento de que hicieron gala las "fuerzas vivas" -me dijo- son inenarrables.” Y que entonces, en los años 40, parecía normal que la gente pensase que se acercaba la hora de saldar cuentas con sus verdugos. Por otra parte, aquí también llegaron las noticias sobre la Revolución Agraria llevada a cabo en la zona republicana. De ello hablaban los guerrilleros, en las largas veladas que pasaban en cortijos escogidos, a los que acudían campesinos de fincas vecinas. Y es natural que, en punto a promesas, los luchadores de la Sierra no se quedaran cortos cuando trataban de los proyectos que tenían para cuando la Guerrilla venciese.

Me señalaron que por Alanís pasaron varios jefes de destacamento de la Guardia Civil, pero que tan sólo cuando llegó aquel teniente -el que era "una excelente persona" se pudo atar corto a las contrapartidas. "Además —me dijo un contertulio—, piense usted que la mayoría de los que mandaban partidas de guerrilleros eran de por aquí, conocidos de unos y de otros, y entonces mal se comprende que hubieran permitido a sus “hombres el cometer algún desaguisado, que sólo les podía acarrear desprestigio. ” Así que, aparte de los secuestros o ejecuciones de gente destacada del bando enemigo -o de informadores, confidentes o delatores-, todo lo demás, incluidas las violaciones, debe ponerse en tela de juicio, aunque haya sido atribuido a los guerrilleros, por plumas oficiales. De este pueblo se marcharon siete u ocho muchachos, que murieron luchando en la sierra.

"A veces -y esto me lo contó también Adolfo Ramos el tío de mi cicerone granadino, el periodista Antonio Ramos, en Alhama de Granada... el que fue secuestrado por la guerrilla-, cuando se presentaba la Guardia Civil o la contrapartida, los ladridos de los perros cortijeros daban la alarma a los guerrilleros, que a lo mejor estaban comiendo en una de las casas de la cortijada o reponiendo fuerzas en un pajar. Hubo ocasiones en que, mientras los guerrilleros se encontraban en la parte alta de la casa, sus enemigos comían por la parte baja. Y era de ver la inteligencia de los perros -me subrayó el yerno del cortijero apaleado-: se colocaban siempre en el terreno intermedio. Es decir, entre el lugar en que se encontraban los que estaban comiendo y la escalera de acceso al escondite de los guerrilleros, como si quisiesen proteger a estos últimos. Esto se observó muchas veces en distintos cortijos, y fue algo que se comentó mucho en Alanís. Por lo que se ve las cosas de la guerrilla eran el tema del día en aquellos pueblos.

La Posadera

La mujer, de unos 65 años, en cuya casa dormí, en una callejuela cercana al bar de la tertulia, por la noche no se prestó a conversar, pero por la mañana, cuando regresé a recoger mis cosas, después de pasar tres horas escuchando a «Botijo», se decidió al fin a pegar la hebra conmigo. Me confirmó muchas de las cosas oídas aquella mañana y la noche anterior. Al decirle yo con qué intención recogía datos y testimonios, insinuó: «Si dice usted la verdad no se la dejarán publicar. Y si lo publica lo meterán en la cárcel. No, señor, no, mucho tienen que cambiar las cosas -en Alanís estuve a mediados de agosto de 1975- para que nosotros podamos hablar libremente y podamos contar todo lo que hay que contar. Pero usted anote bien lo que le voy a decir y guárdeselo para el día en que pueda publicarse. Esto debe quedar escrito, para que no se olvide. Y ya se publicará algún día."

Y empezó a contarme cosas, arrancando, como ya era costumbre en mis interlocutores -los locuaces, se entiende-, desde el 19 de julio de 1936- hasta nuestros días. Me dijo, en síntesis, que los años de la guerrilla fueron para las clases humildes "tiempos de esperanza" y que estas esperanzas estaban bien fundadas, me recalcó, lo demostraba el enorme miedo que llegaron a tener los ricos propietarios. El miedo les hizo proferir amenazas a personas no adictas al régimen franquista, pero que todo el mundo consideraba como moderadas. "Mire usted si tenían que ser moderadas para haberse librado de lo del 36", insistió la mujer. Esto llegó a oídos de la guerrilla y alguno de los "amenazantes" fue capturado y ejecutado.

"Su propio miedo fue su perdición”, agregó mi posadera de una noche. «Piense usted -me siguió explicando- que no eran sólo tiempo de un hambre espantosa, sino también de poco trabajo, y que aquí no comían más que aquellos que podían comprar comida de estraperlo... y en los que "los mercaderes del templo" solían ser gente allegada a los de la Fiscalía de Tasas, que vendían gran parte de lo que decomisaban a la gente que se aventuraba a transportar mercancías sin la correspondiente guía -Guías o autorizaciones- que se otorgaban con cuentagotas o que se vendían, asimismo, de estraperlo. Era un negocio muy bien montado, créame, y las victimas eran siempre los pobres. Entonces no le extrañe que hubiera hombres y mujeres -y hasta niños- que se echasen al monte, dispuestos a jugarse la vida con la esperanza de ser tratados un día como personas y no como animales. Lo milagroso, créalo, una vez en el monte y con una arma en la mano, es que no bajasen por los pueblos y les machacasen las tripas a más de uno...

Cargadas de paquetes, tinajas, bidones o pellejos de aceite, en particular— lo cuento, porque lo viví en la primavera y en el verano de 1946. en el capítulo dedicado a Cáceres- Era rara la noche que no se oía relatar la caída de algún improvisado arriero nocturno, a manos de gente forastera al día siguiente, si conseguían saber de qué pueblo era el culpable (y era corriente que lo supieran porque tenían informadores en todas partes).

Partida de "El Barquillero".

Era natural de Utrera y se echó al monte, por el lado de la Sierra de Pozo Amargo, en el verano de 1936. Formó partida con media docena de huidos, entre ellos "el Virilla", que también era de Utrera y que más tarde crearía su propia partida por la zona de Cazalla de la Sierra. Parece ser que "el Barquillero" se especializó durante la guerra civil en las emboscadas a soldados africanos o del Tercio. "Tenía tanta fama que no le quedaba tiempo para hacer secuestros. Porque otra cosa no necesitaba: la ropa y la comida se la daba el pueblo". Luego, al decir de la gente, se fue hacia Badajoz "que era donde estaban las partidas mejor organizadas de por aquí."

La Matanza del Pedroso

Después de haber escuchado varios relatos contradictorios sobre "la Matanza de El Pedroso", tanto en Alanís como en Cazalla de la Sierra, nos personamos en este antiguo pueblo minero y he aquí lo que nos contaron sobre el terreno: cuando las tropas rebeldes entraron en El Pedroso sólo hubo dos ejecuciones: la de "el Gamba" (el abogado de los pobres) y la de "Cebollino". Mandaba dichas fuerzas el comandante Carranza, un teniente de navío. Parece ser que, cuando avistaron la columna rebelde, en el pueblo se disponían a resistir el ataque, pero a la hora de la verdad los defensores sólo tuvieron una baja. Pero antes del enfrentamiento, y aprovechando que tenían a toda la gente acomodada en la cárcel del pueblo -menos al doctor Lara, en previsión de la asistencia a los heridos durante la «batalla»-, montaron a familiares de los presos en un camión y les encargaron que dijeran al jefe de las tropas rebeldes que si atacaban El Pedroso ellos le pegarían fuego a la cárcel con los detenidos dentro. Conducía el vehículo el "Cebolleta", y su propietario era Juan Antonio Vázquez "el Cebollero". El comandante Carranza respondió que si ejecutaban su amenaza, en cuanto él ocupara el pueblo no dejaría un "rojo" vivo. Antes de evacuar la plaza pegaron fuego a la cárcel. Afortunadamente para los presos, el que fue primer alcalde republicano -Rafael Finotria, un albañil, hoy respetado nonagenario-, temiendo por ellos, había ido a sacarlos y los puso a salvo la noche anterior, sin que nadie se enterase de ello.

Al poco tiempo, gentes de la mina, con bombas de mano, fabricadas con botes de tomate llenos de dinamita, salían al paso de los convoyes ferroviarios militares y ocasionaban a las fuerzas rebeldes bajas y daños de todo orden. Una de las veces atacaron un tren lleno de dinamita, que llevaba dos máquinas de arrastre, una delante y otra detrás. El ataque se efectuó entre el apeadero de Los Labrados y la estación de El Pedroso, en un lugar de fuerte declive. Bombardearon las dos máquinas para que el convoy, sin conductores, retrocediese en dirección al apeadero y chocase con otro que le seguía, a minutos de distancia, y que iba repleto de tropas italianas. Pero uno de los fogoneros —el de la máquina de cola—, llamado Antonio Ruiz, aunque herido y con las dos manos quemadas, logró frenar el convoy y conducirlo hasta la estación de El Pedroso, evitando así una tremenda mortandad. Fue entonces cuando el mando militar hizo detener a todos los mineros de El Pedroso —algo más de un centenar de hombres— que sabían manejar la dinamita y los ejecutó sumariamente.

Partida de "El Tripas" (José Martín).

Era natural de Pueblonuevo el Terrible (Córdoba). Esta partida es otra de las que se creó en la sierra en el verano de 1936. Actuó en toda suerte de tareas por la zona norte de Sevilla (Burguillos, Guillena, Aználcollar) y luego por la parte sur (Dos Hermanas, Coria del Río, Utrera y Alcalá de Guadaira). A mediados de la guerra civil, según indicios, se pasó a la zona republicana. Al terminarse la contienda, fue hecho prisionero y condenado a muerte, consiguiendo escapar de una cárcel cordobesa. Y se echó al monte por segunda vez, por el lado de Cazalla de la Sierra. Primero estuvo en la partida de "El Chato de Malcocinado" (que tenía una zona de actuación muy dilatada, puesto que abarcaba anchas fajas de territorio de tres provincias: Badajoz, Sevilla y Córdoba). A principios de 1944 formó su propia partida y merodeó por la zona noreste de la provincia de Sevilla (Cazalla de la Sierra, Alanís, El Pedroso, Guadalcanal y Constantina). Más tarde, la partida realiza incursiones por la parte de Fuenteovejuna. Hasta que, a mediados de octubre de 1944, "El Tripas" y varios de sus hombres son cercados en el barranco de La Tornera, del término de El Pedroso, muriendo todos ellos en la emboscada, después de haberse negado a rendirse.

Partidas del "Tranviario" y de “El Niño de las Marismas”.

Los dos guerrilleros eran naturales de Sevilla y de extracción libertaria. Fueron partidas pequeñas (4 o 5 hombres) que se dedicaron ante todo, como la del "Barquillero", a organizar emboscadas y golpes de mano contra las tropas moras y los legionarios, así como sabotajes de todo tipo. Parece ser que luego emigraron también a tierras extremeñas. Al preguntar, en particular en Utrera y Dos Hermanas, la razón de que la emigración de las partidas sevillanas fuese tan generalizada, me respondieron: "Mire usted, es que por aquí la represión fue tan brutal que no sólo dejó descoyuntadas a las organizaciones de izquierda, sino que sembró un pánico y un terror que hay que haberlo vivido para creerlo. De forma que no habiendo muchos lugares donde poder refugiarse, ni tampoco montañas como la Serranía de Ronda o la Sierra de Aracena, le pongo por caso, pues era natural que la gente se marchase a los sitios donde se sentía más segura. Aquí sólo podían actuar grupos muy pequeños y de ésos hubo tantos que no se sabrá nunca... Pero al final todos se iban parriba. hacia Badajoz."

*Colaboración de nuestro amigo Alberto Bru


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